MADRID/LA SANGRE–6

25 abril, 2013

Es la una y media de la mañana del día uno de enero, y los jóvenes se juntan para acudir a las fiestas de Nochevieja. Ya han cenado, ya se han comido las uvas en familia, ya han hecho los brindis de rigor, y ahora se disponen a pasarlo bien bebiendo y bailando. Algunos llevan traje con corbata —es la única vez en el año que lo usan— pero la mayoría van más cómodos: quizás con la camisa que sus papás les regalaron en Nochebuena y con un abrigo, «que luego, cuando salgáis, va a hacer biruji». Uno de los típicos lugares de encuentro es la glorieta de Cuatro Caminos, debajo del scalextric. Cientos de jóvenes se reúnen allí formando grupos más o menos repeinados de los que se elevan nubes de humo. Se habla mucho y muy fuerte, hasta que algo se empieza a mover entre unos cartones que nadie había visto. Surge entonces una faz horrible: los ojos guiñados por la luz, la nariz atravesada por una cicatriz reciente, la boca entreabierta y espumosa: «Eh, vosotros, ¿qué pasa?». Alguien responde: «Es Nochevieja». Un mohín de desprecio o de asco antecede al momento en que este hombre dice: «Vaya panda de gilipollas». Enseguida se da media vuelta tapándose de nuevo con sus cartones.

MADRID/LA SANGRE–5

18 abril, 2013

Es un hombre alto y especialmente estrecho de hombros, algo encorvado y de brazos fofos, lo que le da un cierto aspecto simiesco. No es gordo pero la tripa le cuelga. Siempre lleva jerseys de lana marrón (con cuello vuelto) y se le nota en la calva un rebrillo graso que se extiende a su poco pelo. En su mirada oscura hay algo de lujurioso, y en su sonrisa sin colmillos algo de manso. Se llama Ignacio Fuentes y es sacerdote: director de la catequesis juvenil de una parroquia del barrio de Salamanca. Hace ya varios meses que el padre Ignacio le ha encargado a sus discípulos (todos varones) que le den cuenta de sus sentimientos por escrito. Cada viernes, los muchachos le enseñan sus diarios para que él los lea. Según el sacerdote, esto equivale a una confesión, pero la correspondiente disculpa no se obtiene por medio del típico ego te absolvo sino a través de un fuerte abrazo que él prolonga cuanto quiere.

MADRID/LA SANGRE–4

12 abril, 2013

Jordi Monrás jamás imaginó que un día se vería así: vestido de soldado y además en Madrid. Avanza por un pasillo muy limpio (sus botas nuevas crujen sobre las baldosas) con un teletipo que debe entregar al subteniente González, despacho 208. Le han advertido que tenga cuidado con el subteniente porque está bastante loco. «¿A qué se pueden referir con eso?», se pregunta mientras avanza entre los rótulos de las puertas. «Aquí está. 208. No hay nada especial que hacer. Llamar, entrar, saludar, entregar el teletipo y esperar órdenes». Jordi hace las primeras dos cosas (llamar y entrar) pero encuentra el despacho vacío. Está el escritorio del subteniente. Y está su guerrera, colgada de una percha. Están sus carpetas abiertas. Pero él no. Jordi se dispone ya a retirarse cuando escucha una vocecita que dice: «¡Gilipollas!» Vuelve entonces al centro del despacho y presta atención: «¡Gilipollas!» Alguien ha dicho «gilipollas», eso está claro, pero ¿quién? A la tercera, Jordi se fija mejor y se da cuenta de que dos ojitos le miran desde una ranura horizontal que se abre en la caja del escritorio. Es el subteniente González. «A sus órdenes», dice Jordi mirando de cerca a esos ojitos, y el subteniente sale de su escondrijo sacudiéndose las rodillas del pantalón. «¿Qué hay?», pregunta muy serio. «Un teletipo, mi subteniente». «Ah, muy bien. Démelo». «¿Ordena algo, mi subteniente?» «No, nada. Retírese».

MADRID/LA SANGRE–3

5 abril, 2013

A pesar de su aspecto marroquí, Acates Rómulo Burgos Onzilla es peruano, natural de Cajamarca, al norte del país. Llegó a España hace ocho años pero aún no se despega del ají de gallina, que le prepara todos los domingos su esposa. Ella sí parece peruana: una momia andina. Entre ambos regentan una librería de viejo que le compraron por cuatro perras a un ciego moribundo. Acates Rómulo tiene un empleado español, un chico que estudió Derecho y que sabe de libros más que Borges. Jerónimo, que así se llama el muchacho, suele hablar como todos los españoles, directo y fuerte, lo cual le parece a Acates del peor gusto. En muchas ocasiones, por tanto, se siente con el derecho de decirle: «A ver, Jerónimo, háblame bonito». A éste la cantinela de su jefe ya le viene hinchando eso que el vulgo llama «los huevos», así que espera con ansia el momento del desquite. Pues bien, ese momento va a llegar hoy, 17 de abril, a las seis y dos minutos de la tarde. Un cliente, parece que argentino, ha entrado al local preguntando por alguna obra de Álvaro Mutis, a lo que Acates ha respondido servilmente: «Lo siento, caballero. Tenemos muy poca literatura mejicana». Sin pensárselo dos veces, Jerónimo le corrige: «Mutis es colombiano, jefe, y tenemos el Tramp Steamer. Está en esa balda». Acates no pospone su furia para luego sino que allí mismo, delante del sorprendido cliente, se lanza a increpar a Jerónimo a la manera huna. Varias docenas de insultos (algunos de ellos incomprensibles; todos bastante húmedos) caen sobre él sin conmocionar ni uno de sus músculos faciales hasta que una luz se hace en sus ojos y levantando una mano le espeta al ofensor: «A ver, Acates, grítame bonito.»