MADRID/LA SANGRE–9

30 mayo, 2013

Víctor Moreno, de trece años, está en esa edad en que cualquier excusa es buena para masturbarse. Hoy, 24 de marzo, ha ido con su madre al dentista, y en un momento dado se ha visto solo, en la sala de espera, con una Interviú entre las manos. «¿Hacerme una paja aquí? —se pregunta—. No, sería demasiado». Se guarda la revista en el jersey y se va al cuarto de baño. Rápido, con ansia, Víctor saca la revista, la mira entrecerrando los ojos y se masturba. Pero entonces se le plantea el problema de la coartada. ¿Cómo explicarle a su madre la razón por la cual él viene del cuarto de baño con una Interviú? Difícil. ¿Qué hacer pues? Ante todo aprovechar la oportunidad «para luego»: Víctor arranca las mejores páginas, las dobla y se las mete en los calzoncillos. «Ahora, ¿qué hago con el resto de la revista? No puedo llevármela. Por tanto, tiene que quedarse aquí. ¿Dónde? En la cisterna.»

MI PRIMER AUDIOMICRO

23 mayo, 2013

microdosEstimad@s:

Este viernes (sé que es jueves) les comparto mi primer audiomicro.

Se titula “Sangre fría” y se puede escuchar pinchando aquí.

Un abrazo grande,

PABLO GONZ

VIEJOS AMIGOS

14 mayo, 2013

VVAAcartel(p)

Estimad@s:

Suspendo por una semana la publicación de MADRID/LA SANGRE para presentaros mi…

PROYECTO PARA UNA AUDIOANTOLOGIA SOLIDARIA

Hay dos cosas en este mundo que me apasionan: la literatura y el trabajo social. Por eso quiero hacer una audioantología de microrrelatos destinada a mejorar (en la escala que corresponda) la vida de las personas desfavorecidas. Grabaremos un CD con los mejores micros, lo venderemos y entregaremos el fruto de nuestro trabajo a una asociación benéfica. Quizás sea este uno de los caminos que conducen a lo que solíamos llamar la literatura comprometida.

Un abrazo grande,

Pablo Gonz

MADRID/LA SANGRE–8

9 mayo, 2013

María Inés Ramírez, de nueve años de edad, y María Asunción Capdepera, de diez, avanzan por un pasillo pegándose a la pared. Es evidente que van a cometer una maldad. Ambas, con sus pichis azules y sus zapatos negros, se mezclan con las sombras protectoras al tiempo que terminan de trazar el plan. Inés va delante: ella tuvo la idea; Asunción la sigue. Y antes de una esquina se detienen. Silencio. Inés mira a la vuelta. «Vamos». A cuatro o cinco metros se encuentra la portería: un despacho acristalado que ocupa una monja recién llegada de la India. Apenas habla español. Las dos niñas se ríen en silencio un momento y luego se estiran para actuar. Con paso normal llegan a la portería. «Hola, hermana», dicen. «Hola», responde ésta con su extraño acento. «Necesitamos localizar a una alumna que se llama Elena», dice Inés. «Por los altavoces», añade Asunción señalando a un micrófono que hay sobre una mesita. Incomprensión. «Elena. ¿La puede llamar?» Duda. «¿Yo llamar a Elena?» «Sí. Altavoz». «Bla, bla». «Ah, bien. Elena. ¿Sus nombres?» «Apellidos». «¿Sus apellidos?» Inés se los dice y segundos más tarde resuena en todo el colegio el siguiente anuncio: «Elena Nito del Bosque, Elena Nito del Bosque. Ven al portería, favor.»

MADRID/LA SANGRE–7

2 mayo, 2013

Felipe Reyera, Felipón por lo corpulento, se pasa la vida trabajando en una mina de talco, allá en los viejos Montes de León, y una vez al año viaja a Madrid para asistir al Sorteo de Navidad. Ya en el salón de loterías, se preocupa mucho de salir por la tele. Lleva contadas diecisiete apariciones públicas y dos millones de pesetas en pérdidas. Como nunca le toca nada, al salir suele estar triste y entonces parece menos alto. Tal es su aspecto ahora mismo, cuando avanza con los pies al arrastre por un largo corredor hacia el andén donde tomará el metro que lo llevará a la estación de autobuses. Piensa en su mala suerte mirándose las rodillas y por eso le sorprende el tipejo que se le ha parado delante. Es uno de esos que se llaman punkis. Lleva botas militares, pantalones ajustados, cazadora de cuero y una cresta de color rojo. Además, se ha puesto una carlanca en el cuello, de las que los pastores les ponen a los mastines. «¿Y éste?», se pregunta Felipón, al tiempo que por su mirada se da cuenta de que detrás tiene a otro. No se lo piensa dos veces. Coge al primero, lo levanta en vilo y lo tira contra el segundo. Luego los mira un momento, retorciéndose en el suelo, y sigue adelante.