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ESTIMADOS LECTORES:

Hace poco más de veinte años decidí consagrar mi vida a la literatura. Quería escribir libros hermosos y que muchas personas los leyeran. Ahora, tras muchas alegrías y muchos sinsabores, puedo decir que cumplí mis objetivos. Uno siempre puede (quizás debe) soñar con objetivos más ambiciosos, sobre todo en lo que se refiere a actividades tan humanizantes como la literatura, pero también se puede (quizás se debe) despertar un día, mirar hacia atrás, revisar el camino recorrido, los pequeños logros que uno obtuvo. Tengo nueve libros publicados (tres de ellos sólo en papel; tres en papel y digital; otros tres sólo en digital) que han conseguido llevar mi literatura a más de 30.000 personas en todo el mundo. Está bien, creo yo, para alguien que no contó con padrinos, que no se afilió a ninguna camarilla, que no aceptó convivir con la mentira, que no pisoteó a nadie ni se disfrazó de nada para ganar notoriedad en los medios. Es, seguramente, lo máximo que la literatura desnuda puede dar a quienes la frecuentan con buenas intenciones.

PABLO GONZ

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MADRID/LA SANGRE–14

22 octubre, 2013

Jorge Vicálvaro, de treinta y dos años, ha dormido por primera vez en su casa nueva: un pisito precioso del barrio Aeropuerto. Se levanta temprano, pasea por las diversas habitaciones, enseñoreándose de ellas, y enseguida se percata de que el tiempo corre: se ducha, se viste y entra en la cocina. Ahora es él quien tiene que prepararse el desayuno. Pero todo está planificado: en un armario hay una cafetera italiana, una lata de café, un paquete de pastelillos y uno de terrones de azúcar. Abre la cafetera y la colma de agua. Luego coloca el filtro en su sitio, lo llena de café y arma la parte superior. Ninguna dificultad. Se lo ha visto hacer a su madre cien veces. El hornillo eléctrico funciona a la perfección y en menos de tres minutos sale el café. Jorge lo sirve en un tazón, lo edulcora y se lo toma con los pastelillos. Un desayuno perfecto. «Son bonitos los álamos del jardín aunque aún están un poco flacos. Ya engordarán. Uy, las siete y veinte. No importa. Las cosas hay que hacerlas bien desde el primer día». Jorge lava su tazón, su cucharilla; y desmonta la cafetera para echar los posos a la basura. Sin embargo, los posos no están. «Algo he hecho mal». Lee las instrucciones de la cafetera. Llama a su madre. Ella tampoco entiende nada. Por fin, Jorge toma la lata de café y la mira fijamente. Sonríe: es café instantáneo.